martes, 10 de agosto de 2010

The Snowflake. Winter’s Secret Beauty


Debía de tener yo alrededor de catorce años, era un domingo de finales de noviembre y bajaba con mis amigos camino de Otzaurte después de haber subido a Aizkorri. Recuerdo con nitidez el lugar y el momento: tras una mañana muy fría y de tiempo amenazante, comenzó a nevar antes del túnel de San Adrián, al principio tímidamente. Para cuando pasábamos junto al refugio, el verde comenzaba a blanquear y la nevada era cada vez más copiosa, una nevada silenciosa, sin viento, de grandes copos. Ante mis ojos atónitos, aquellas estrellas de hielo resbalaban sobre mi anorak y se detenían en sus pliegues luciendo toda la belleza de sus formas.
Con la ingenuidad propia de aquella edad, esa que nos proporcionaba el placer de descubrir lo evidente, comprobé por primera vez que, mira por dónde, esa forma de representar los copos de nieve en forma de pequeñas estrellas de puntas caprichosas no procedía de la imaginación de los ilustradores de estampas navideñas, sino que tenía una correspondencia exacta con la realidad de la naturaleza. Quizá os resulte increíble, pero este episodio y otros parecidos fueron despertando en mí una fascinación por los fenómenos de la naturaleza que supera, con mucho, la que pueda sentir por ninguna obra creada por el ser humano.
La cosa es que, lejos de arreglarse, este defecto mío de entusiasmarse con aquellas pequeñas bobadas, se ha ido acentuando con la edad.

Este libro habla precisamente de aquella bobada de oculto significado. Nos muestra, en una colección de bellísimas imágenes de Patricia Rasmusen, copos de nieve de todas las formas imaginables. Solo por estas imágenes el libro ya merecería la pena, pero además, su texto claro y sintético nos introduce en el misterio de la formación de esas pequeñas obras de arte. El porqué de su simetría hexagonal, de su complejidad, la forma en la que el copo va creciendo desde su formación a partir del vapor de agua congelado hasta su precipitación, aprenderemos en sus páginas a interpretar los avatares de ese viaje errático y azaroso a través de la atmósfera utilizando como única guía la forma final del copo.
Dice el autor del texto, K. Libbrecht, que la gente que visita su laboratorio del Caltech le pregunta sobre la aplicación de su investigación sobre la física del copo de nieve. ¿Estudia modelos sobre el cambio climático? ¿Busca tal vez mejorar la calidad de la nieve artificial para la industria del esquí? Él responde que no, su trabajo obedece únicamente al impulso de la curiosidad científica. De la fascinación ante la visión de aquella pequeña joya de la naturaleza en el pliegue del anorak.

De todas formas y hablando de la utilidad de conocer la forma de un copo de nieve, yo os planteo la siguiente pregunta como esquiadores: Una mañana de invierno a pie de pista, con ambiente seco, -6ºC y después de haber nevado esa noche decidís, con buen criterio, aplicar una cera azul de bote. ¿Creéis que la cera se va a comportar de la misma forma con estos dos tipos de copo de nieve polvo?


The Snowflake. Winter’s Secret Beauty.
Kennet Libbrecht y Patricia Rasmusen.
Voyageur Press 2003.
Podéis encontrar aquí más información.

Otro día hablaremos de Wilson A. Bentley, de sus estudios pioneros sobre el copo de nieve y de su magnífico libro “Snow Crystals”, un catálogo con más de 2000 impactantes fotografías realizadas con los medios de hace 100 años.

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